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ecoagente


Casa de Playa
Por Jossie Carreras Tartak
COLEGIO ROSA-BELL, Guaynabo
Periodismo Escolar

    Me encuentro en una de esas charlas sobre el llamado “calentamiento global” que se han puesto muy de moda desde que el vicepresidente Al Gore filmó su documental An Inconvenient Truth.  El ambientalista, profesor de universidad y todo, nos repite lo que ya hemos oído bastantes veces: utilicen bombillas fluorescentes, reduzcan el consumo de energía en sus hogares, utilicen transportación pública, compren autos híbridos…

   Durante el verano, la gente se queja del aumento en las temperaturas, pero nadie piensa atribuírselo al calentamiento global.  Y aunque logren hacer la conexión lógica entre hecho y hecho, honestamente, ¿quién va a hacer algo al respecto?  O sea, ¿a alguien se le ocurre apagar el acondicionador de aire? 
¡Hace calor!  Y Dios libre a cualquiera de pasar calor…

   Hagamos el análisis lógico: ¿por qué hay que reducir el consumo de energía y gasolina?  Bueno, aproximadamente el 70 por ciento de la energía que se consume en el país proviene de la quema de petróleo, al igual que el consumo de gasolina de los carros.  Este proceso genera grandes cantidades de dióxido de carbono, que es conocido como un gas de invernadero.  Los gases de invernadero atrapan el calor de los rayos del sol y lo encierran en la atmósfera, causando un aumento en las temperaturas a nivel global.

El profesor comienza a hablar de los efectos que tendría el calentamiento global sobre el mundo, o sea, las inundaciones, las sequías, la extinción de los arrecifes coralinos… hasta que llega al punto crucial: el hielo en los polos. “Este verano pasado, el área de la masa de hielo ártica se redujo un 41% del área promedio de las últimas dos décadas”, nos dice el orador.  Yo rápido me pongo a pensar en el pobre Santa Claus, que tiene que estar mudando su taller en estos precisos momentos para que no se le hunda, o en los ositos polares que mueren ahogados nadando porque no encuentran un bloque de hielo del cual agarrarse.  Sin embargo, el profesor nos habla de algo más importante aún: el aumento en el nivel del mar.


   Mientras nos enseña el mapa hipotético que muestra cómo se vería Puerto Rico de aquí a quince años si sigue aumentando el nivel del mar, yo noto con algo de curiosidad que la mitad de “Guaynabo City”, o como le llamen ahora, está bajo agua.  El mar llega más o menos hasta donde yo vivo.  Mi compañera y yo nos miramos con complicidad; “¡Qué éxito!  ¡Tendremos la casa de playa que siempre quisimos!” le digo con sarcasmo.

“La era de procrastinación está concluyendo.  En su lugar, estamos entrando a un período de consecuencias.”

   La evidencia está clara; sólo basta con observar la erosión que ha reducido la extensión litoral de las playas de Rincón, el agua adentrándose en las propiedades y poniendo en riesgo la seguridad de los inquilinos.  Y que conste que no estoy alarmada por la pérdida de par de playas (cosa que también me duele mucho), sino por todas las repercusiones socio-políticas y económicas que tendría dicha pérdida. 

   “La reducción de nuestras costas causaría daños a la infraestructura, ya que las áreas metropolitanas están localizadas en zonas costeras,” nos dice el orador.  Ya me lo imagino: las populares “casas de playa” pasarían a ser “casas de mar”, y las casas normales pasarían a tener una vista al océano tan cercana como la marquesina. 

   Además, el gobierno tendría que incurrir en un sinnúmero de gastos para relocalizar a la gente y reparar las estructuras.  Y les recuerdo que el gobierno ya está lo suficientemente endeudado como para tener que lidiar con esto.  Me pregunto, ¿qué será de las compañías de seguro?  También está el hecho de que el aumento del nivel del mar nos dejaría aún más vulnerables a huracanes y tormentas, que dicho sea de paso, aumentarían tanto en intensidad como en frecuencia.  Y esto sería sólo el comienzo.

    Aún dejando atrás todas estas hipótesis, que por más morbosas que suenen son demasiado verosímiles, la realidad es que el calentamiento global es una realidad (valga la redundancia).  El calentamiento global sí nos afecta.  Ahora lo que falta es tomar acción al respecto.    Ya es hora de caminar hasta la esquina sin necesidad de prender el carro; de comprar las bombillitas fluorescentes, que a la larga, ahorran hasta dinero; de apagar el acondicionador de aire al salir de la habitación; de reciclar los desperdicios sólidos; de buscar fuentes de energía alternas al petróleo; en fin, de cuidar el planeta, ya que lamentablemente, no podemos montarnos en una navecita espacial para mudarnos a Marte.  Volviendo a la charla ambiental, el mensaje principal de toda la información que nos ha sido presentada demuestra en su totalidad lo que dijo el sabio Winston Churchill: “La era de procrastinación está concluyendo.  En su lugar, estamos entrando a un período de consecuencias.”